Jun
18
Ya no queda casi nada del rostro de niño malcriado, lampiño y rebelde que siempre tuvo. El tiempo pasa, diría Pablito, nos vamos poniendo viejos. Con gorra y bigote, esconde una faz avejentada. Pero Silvio sale al escenario, toma la guitarra y nos regala un chorro de voz tan claro y tan potente como lo fue siempre y la banda sonora de nuestros ideales de juventud que se resisten a morir, aún ante las evidencias ocasionales –a veces constantes- del fracaso. Su voz está intacta, cristalina, sin el temblor que alcanza a algunos cantantes con la edad.
Canta una hora, dos horas, casi tres horas con 6 bises. Tras el último, sorprendido de la pasión del público de Los Angeles –todos inmigrantes y algún gringo de la izquierda nostálgica- ofrece un agradecimiento único: “gracias Los Angeles, no los olvidaremos”.
Y sin embargo, su presencia en el Gibson Amphitheatre (antes Anfiteatro Universal) en Universal Studios resulta chocante por el contraste. Afuera un King Kong gigantesco y música atosigante por altavoces que ofrecen un ambiente falso en una calle comercial más falsa aún. Adentro, por 3 horas, unicornios, necios, serpientes y mujeres con sombrero nos reclama que no olvidemos el alma, la poesía y las cosas que no pueden contabilizarse y no pagan impuestos.
“Gracias Los Angeles, contento de tener este encuentro que parecía imposible”, pausa y risa cómplice del público ante los altibajos de visas que le impidieron venir por tantos años.
Cada quien tiene un Silvio. Para mi amiga Graciela es la banda sonora de la juventud en una Argentina turbulenta, de sentarse en corro a hablar de política y a soñar un mundo mejor hasta que la realidad de los golpes militares, la represión y los desaparecidos descubrió tanta miseria. Para Angela, chilena, es la música que le devolvió la esperanza después del exilio, después del golpe de aquel 11S, que la desterró para siempre a Canadá y luego a Los Angeles. Para Carolina, para el Chino, para Carlos, para tantos salvadoreños, fue el fondo musical de la dura década de los ochenta, de la guerra, un canto lírico y comprometido contra el sangriento golpear de los escuadrones de la muerte. Para Ricardo, curtido en la lucha callejera en los setentas venezolanos o para mí, durante una niñez y juventud comparativamente calma en el mismo país, Silvio, Pablo, Serrat, Soledad, otros, fueron música con sentido, letras inquietantes, formadoras de ideas e ideologías, pero sobretodo, de trasfondo real, pobladas de historias de a pie. Música con historias. Read more
May
12
Disney Hall para los niños de LA
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Y salieron al escenario del majestuoso Disney Hall uno tras otro, algunos diminutos, otros más altos, niños y niñas, caras morenas casi todos, los niños de Los Ángeles, “nuestro futuro y nuestro presente”, como diría luego Gustavo Dudamel, el venezolano director de la Filarmónica de LA.
Allí, en la sala donde tocan las mejores orquestas del mundo, este sábado pasado, estaban los niños de todos los rincones de Los Ángeles que ahora forman parte de YOLA, la Orquesta Juvenil de Los Ángeles.
Cuando los vimos ensayar con Gustavo por primera vez, hace más de un año, en una sala del Expo Center en el sur de la ciudad, estaban verdes, apenas comenzaban a sonar sus instrumentos. El joven venezolano se movía entre ellos y les hablaba con ternura.
Allí les hizo esta promesa, que aún tengo grabada: “Pronto ustedes tocarán esto muy bien…me siento feliz, porque ustedes me recuerdan mis comienzos. Yo comencé como ustedes, en una pequeña orquesta…ustedes son tan hermosos. ¿Qué les parece si la próxima vez tenemos nuestro ensayo en el Walt Disney Concert Hall?”
Un murmullo de asombro recorrió la sala y los niños —y muchos de los padres— que estaban presentes, aplaudieron la idea. Parecía un sueño.
El sueño se cumplió este sábado para 120 de estos niños, cuando YOLA tuvo su primer ensayo en el Walt Disney Music Hall, los mejores asientos reservados, ya no para los famosos, o los ricos —son los asientos más caros en los conciertos regulares— sino para los padres, las familias de los niños de la orquesta. Read more